“El tiempo no me ha endurecido, al contrario, tengo la piel más fina”

 

Presentó ‘Quién Sabe Dónde’ hace 25 años. Ahora preside una fundación de búsqueda de desaparecidos y quiere que el programa vuelva a la tele

Patricia Gosálvez. EL PAIS.

Paco Lobatón tiene una mano en cabestrillo y una herida en la nariz. Unas noches antes de esta entrevista tropezó con un socavón en la acera y se fue estrepitosamente al suelo. Cuando intentaba incorporarse –aturdido, sangrando– pasó por su lado un chico. “Ni siquiera se quitó los auriculares, me esquivó y no miró atrás… Es una triste metáfora de cómo vivimos”, dice el periodista con ese aire amable y melancólico tan suyo. Heridas aparte, con 65 años está igual, porque lo que importa es la voz. Bueno, y el bigote, que ahí sigue, algo más corto, algo más cano.

La anécdota del tipo que pasa de largo contrasta con la palabra que más repite el entrevistado a lo largo del día: solidaridad. Esa que movía la colaboración ciudadana del programa de TVE que le hizo famoso entre 1992 y 1998. Tan famoso que en una encuesta los españoles le eligieron como el presidente del Gobierno que les gustaría tener. “Estás jodido”, le dijo una vez un directivo televisivo, “¡te has convertido en un fenómeno adverbial!”: por ejemplo en “esto no lo encuentra ni Lobatón”. “Incluso había chistes”, recuerda el periodista. “Mi favorito es uno mu de niño shico“, dice, sacando su acento jerezano: ‘¿Dónde vas Caperucita?’, ‘Quién sabe dónde… Lobatón, quién sabe dónde…”.

La solidaridad fue también protagonista de los documentales y festivales (sobre saharauis, Chiapas, drogas, derechos humanos…) que se dedicó a producir cuando le quitaron del prime time, y es el motor de QSD Global, la fundación que preside, creada el 9 de marzo de 2015, Día de las personas desaparecidas sin causa aparente. “Con el programa creció en mí un compromiso y cuando acabó continué vinculado con las familias y las asociaciones, hasta que los casos se convirtieron en causa”, dice Lobatón que hoy acompaña a La Mañana de la 1 a Juan Antonio y Emilia, hijo y hermana de las desaparecidas Francisca Cadenas y Manuela Chavero. QSD tuvo una sección fija en este programa que acabó el año pasado, ahora le llaman de vez en cuando.

Por los pasillos del estudio que fue su casa, Lobatón saluda a redactores y maquilladoras. No se separa de los familiares, que le tratan con confianza y cariño. “Por desgracia es la primera vez que nos vemos en una situación así, estamos muy perdidos, Paco nos guía”, dice Juan Antonio. Lobatón conoce los pormenores de su caso, ha intercedido con la Guardia Civil, le ha puesto en contacto con abogados, le aconseja qué decir y qué guardarse en la tele… También sabe que el chico quiere estudiar, si va o no al psicólogo, cómo lo lleva. “Son momentos de mucha vulnerabilidad para las familias, la incertidumbre es corrosiva y se encuentran abandonadas”, dice el periodista. ¿No agota tanto drama? “El tiempo no me ha endurecido ante la desgracia ajena, al contrario, tengo la piel más fina”.

En el directo cuela las cifras que repite decenas de veces al día: entre 2010 y marzo de 2017 desaparecieron en España 121.118 personas, de las cuales 4.164 aún siguen en paradero desconocido. “Una realidad social así necesita un espacio fijo, no basta con apariciones esporádicas en programas que son como ríos, donde luchas con tu barquito contra otros mil contenidos”, dice Lobatón mientras en La mañana de la 1 pasan de una pieza sobre Chabelita Pantoja a otra para elegir bien un Jabugo. “Al matinal le rellenas un hueco, pero las familias no obtienen resultados tangibles, en Quién sabe dónde solucionamos el 70% de los 1.500 casos que emitimos… La solidaridad necesita tiempo y continuidad”.

Por ello lleva casi dos décadas intentando que el programa vuelva a la parrilla. Todavía no sabe por qué se acabó. “Llevábamos seis años, pedí un descanso para no caer en la rutina… Y nunca me llamaron para volver”. Esta misma tarde se reunirá con directivos en Prado del Rey para vender un formato 2.0 de QSD: “Entonces solo teníamos un número 900, ahora las redes sociales abren un mundo de posibilidades, pero todavía necesitan el empuje de la tele”. Él preferiría no aparecer mucho: “Yo no necesito un programa, pero el tema lo merece”.

¿Qué aportó al éxito fulminante del formato? “Medida y contención”, afirma. “Yo venía de la crema y nata del periodismo –de hacer información parlamentaria, acompañar a los Reyes, presentar telediarios–, cuando me enfrenté a esas familias desgarradas, a una dimensión de sufrimiento con la que nunca había trabajado, así que lo hice con mucho cuidado y respeto”. “Había mucha presión para ir más allá”, dice refiriéndose al morbo, a la tele basura, “por parte de la cadena, para maximizar la rentabilidad; pero también por parte de la propia audiencia; sin embargo, siempre tuve claro que el programa no necesitaba más, sino menos”.

Un día se encontró dos desagradables sorpresas en un directo: “Me pasaron al teléfono a un menor y me sentaron al vidente Octavio Acebes para hablar de un caso… Ahí me planté”. Apenas llevaba una temporada; pero dijo que se iba. Se llegó a publicar que María Teresa Campos le sustituiría. Al final Lobatón consiguió hacerse con la producción del espacio para controlar sus contenidos. Llegó a tener un equipo de 68 personas y un edificio propio para RedAcción7, su productora, bautizada así por ser el séptimo de los 10 hijos de un funcionario del Servicio del trigo.

Él ha tenido tres, una chica adolescente y dos treintañeros (una médico y un arquitecto) que eran niños y vivían en Valencia cuando salía por la tele. “También amenacé con dejar el programa si lo pasaban al fin de semana; he sido un padre muy vocacional, tenía que ver a mis hijos”, cuenta Lobatón rodeado de premios TP y carteles de sus programas en la pequeña oficina de su fundación.

Su característico bigote se lo había dejado años antes en la cárcel, donde pasó un mes y medio tras ser detenido por trostkista y apalizado por el mismísimo Billy el Niño. Decidió entonces, 1973, exiliarse en Ginebra y vivir como refugiado político hasta la muerte de Franco. Al volver le tocó hacer la mili. “Chaval, con tu pasado, si vas a mandar una carta a la novia o a quien sea, échala cuando salgas de permiso”, le recomendó un mando. “Ves”, dice Lobatón, “en todas partes hay gente buena dispuesta a ayudar a los demás”.

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